Ver a nuestros hijos e hijas enfrentarse a desafíos emocionales puede despertar en nosotros la necesidad de protegerlos, calmarlos o querer resolver las situación en su lugar. Sin embargo, es importante reconocer que desde el nacimiento hasta la adolescencia, los niños y niñas están desarrollando sus propios mecanismos de afrontamiento para lidiar con desafíos emocionales.
Durante los primeros meses de vida, los y las bebés dependen completamente de sus padres y madres para regular sus emociones. Pero ya desde muy temprano muestran señales de autorregulación, como apartar la mirada cuando algo les sobreestimula o buscar contacto físico para sentirse seguros y seguras.
A medida que crecen, los niños y niñas comienzan a distraerse con el juego, a buscar activamente apoyo y a resolver pequeños problemas por su cuenta. En la etapa escolar, ya pueden hablar sobre lo que les molesta y trabajar junto sus cuidadores para gestionar el estrés.
Durante la preadolescencia y adolescencia, su capacidad para anticipar, reflexionar y regular sus emociones se expande significativamente. Ya no solo reaccionan, sino que se preparan para enfrentar situaciones difíciles, desarrollan estrategias propias y buscan que sus decisiones estén alineadas con sus valores.
Nuestro rol como cuidadores y cuidadoras es acompañar este proceso con empatía, escuchar sin juzgar, ofrecer herramientas y fomentar su autonomía emocional. No se trata de evitar que enfrenten dificultades, sino de estar presentes para que aprendan a enfrentarlas con recursos y confianza.
Acompañar el desarrollo emocional de niñas, niños y adolescentes no significa evitarles el malestar, sino enseñarles que pueden afrontarlo con recursos, contención y guía. Para poder hacerlo de forma efectiva es importante comprender los principales hitos del desarrollo en la capacidad de afrontamiento emocional:
Primera infancia (0 a 18 meses)
- La regulación emocional depende completamente de las personas cuidadoras.
- Aparecen estrategias básicas de autorregulación:
- Desviar la mirada para evitar la sobreestimulación, por ejemplo, cuando un o una bebé gira la cabeza si hay demasiada luz o ruido.
- Buscar consuelo, como levantar los brazos para que alguien lo cargue o llorar al ver acercarse a una figura de apego.
- Calmarse por cuenta propia, como chuparse el dedo, acariciar una mantita o hacer sonidos suaves.
Niñez temprana y etapa preescolar (1.5 a 5 años)
- Los esfuerzos de afrontamiento se vuelven más intencionales y voluntarios.
- Aparecen nuevas formas de regulación emocional y conductual:
- Búsqueda dirigida de consuelo, como abrazar a una persona adulta después de una caída o al sentir miedo.
- Distracción intencional, como ponerse a jugar, cantar o mirar un libro después de una experiencia frustrante.
- Primeras señales de autorregulación, por ejemplo, ir a su rincón favorito o respirar profundo porque alguien se lo enseñó.
Niñez intermedia (6 a 11 años)
- Se desarrollan estrategias cognitivas básicas para manejar el estrés
- Hay mayor conciencia de lo que sienten y hacen para calmarse:
- Expresar emociones con palabras, como decir “me siento triste porque discutí con un amigo o amiga”.
- Buscar soluciones a problemas, por ejemplo, pensar cómo resolver un conflicto en la escuela o pedir ayuda a una persona adulta.
- Reevaluar cognitivamente una situación, como decir “no fue tan grave” después de cometer un error.
- Colaborar con personas adultas para afrontar situaciones estresantes, buscando consejo o acompañamiento.
Preadolescencia (10 a 13 años)
- Las habilidades de afrontamiento se vuelven más complejas y reflexivas:
- Disminuye el uso de la evitación. En lugar de ignorar el problema, intentan resolverlo de manera directa.
- Se desarrollan estrategias más proactivas, como organizar el tiempo de estudio o prepararse para una situación desafiante.
- Aparece el pensamiento metacognitivo, como reconocer que el enojo puede afectar la conducta y decidir tomarse un tiempo para calmarse.
Adolescencia (14 a 18 años)
- Las estrategias de afrontamiento se vuelven más avanzadas, eficaces e independientes:
- Mayor capacidad de autorregulación emocional y cognitiva, como hacer ejercicios de respiración, escribir un diario o hablar con alguien de confianza.
- Menor uso de la evitación. Enfrentan conversaciones difíciles o situaciones desafiantes en lugar de ignorarlas.
- Uso más frecuente y efectivo de la solución de problemas, como solicitar retroalimentación de docentes o planear cómo mejorar en alguna área.
- Desarrollo del afrontamiento anticipado o proactive, como estudiar con anticipación o planificar cómo manejar un conflicto social.
- Mayor autonomía emocional. Toman decisiones alineadas con sus valores, incluso si esto implica ir en contra de la presión de pares.
